El ritual de las pipas activa pequeñas recompensas en el cerebro
El sabor, la sal, la grasa y el ritual de pelar pipas activan pequeñas recompensas que favorecen seguir comiendo sin prestar atención a la cantidad.
Comer pipas de girasol una tras otra puede resultar difícil de detener por la combinación de su sabor, el gesto repetitivo de pelarlas y el sistema de recompensa del cerebro, según explica José Ángel, enfermero de UCI y divulgador sanitario, en declaraciones recogidas por Diario de Ibiza.
«El acto de pelar cada pipa funciona para el cerebro como un sistema de pequeñas recompensas», señala. Cada semilla que se abre y se come genera una gratificación inmediata que invita a repetir el movimiento.
A este mecanismo se suma la combinación de sal y grasa, que hace que el producto sea especialmente apetecible. El ritual también mantiene las manos ocupadas y puede ayudar a reducir la sensación de aburrimiento o estrés. Las pipas contienen triptófano, un aminoácido que el organismo utiliza para producir serotonina, aunque el enfermero recalca que este nutriente, por sí solo, no explica el consumo continuado.
En cantidades moderadas, las pipas aportan grasas poliinsaturadas, proteínas, fibra, minerales y vitaminas. Sin embargo, tienen un contenido calórico elevado y, si llevan mucha sal, su consumo excesivo puede favorecer la retención de líquidos y la hipertensión.
Para controlar la cantidad, se recomienda limitar las raciones, escoger pipas sin sal o con poca sal y evitar comer directamente de una bolsa grande. La información puede ser útil también para los consumidores de Palma, donde el aperitivo forma parte de los hábitos cotidianos, aunque el contenido no recoge datos específicos de la ciudad.
Información elaborada a partir de Diario de Ibiza.