La memoria de los temporeros gitanos que trabajaron en el campo mallorquín
La comunidad gitana dejó una huella decisiva en Palma y Mallorca, desde el Molinar y Son Banya hasta el trabajo agrícola temporal.
La comunidad gitana desempeñó un papel esencial en el campo mallorquín durante las décadas de 1960 y 1970, cuando el auge del turismo dejó las explotaciones agrícolas sin suficiente mano de obra. Cientos de temporeros llegaron principalmente de Jaén, Granada, Albacete y Badajoz para recoger almendras, trabajar en la vendimia de Binissalem o buscar caracoles en Santanyí.
Palma ocupa un lugar central en esta historia. La ciudad acogió desde el siglo XIX a familias gitanas que se instalaron inicialmente en los barrios de Santa Catalina y el Molinar, y posteriormente en la zona de la Porta de Sant Antoni. En 1969 se creó Son Banya, a cinco kilómetros del centro y junto al aeropuerto, como un supuesto proyecto de integración que, según la investigadora Laura Jurado, terminó siendo un espacio de segregación para un centenar de familias.
Jurado reconstruye esta trayectoria en el libro Mallorca romaní. Una història de la comunitat gitana, publicado por Lleonard Muntaner. La autora explica que en 1952 el Ayuntamiento de Palma ordenó quemar el campamento del Molinar y que sus habitantes fueron enviados en barco a Valencia. El asentamiento se reconstruyó años después, hasta alcanzar unas 200 barracas, antes del traslado a Son Banya.
La llegada de temporeros gitanos se concentró sobre todo en Campos, Santanyí y Llucmajor, aunque sus desplazamientos y condiciones de vida forman parte de la historia social de toda Mallorca. En Llucmajor, algunos dormían en la antigua estación de tren, en vagones abandonados o en campamentos improvisados con telas, cartones y plásticos. La contratación podía reducirse de tres meses a tres semanas cuando las cosechas eran malas.
La situación fue especialmente precaria en algunos casos. En agosto de 1979 llegaron 200 temporeros a Llucmajor, pero solo fueron contratados entre 20 y 25, según Jurado. El municipio creó posteriormente una oficina de colocación para evitar estos desequilibrios y, en ocasiones, los ayuntamientos tuvieron que pagar los viajes de regreso a la Península.
A partir de los años ochenta disminuyó la contratación de temporeros gitanos peninsulares, aunque todavía hubo trabajadores que acudieron a recoger algarrobas a comienzos de los 2000. Actualmente, la comunidad romaní de Baleares se calcula en unas 12.000 personas y sigue afrontando prejuicios, pese a la incorporación de nuevas generaciones a la universidad y a sectores como la venta ambulante, la construcción y la hostelería.
Información elaborada a partir de Ara Balears.