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Trabajar en la Protectora de Gipuzkoa: entre la pena, la impotencia y las adopciones

Las trabajadoras de la Protectora de Gipuzkoa relatan el desgaste emocional de su labor, los casos de maltrato y la pena que sufren los gatos en el refugio.

Redacción automática · Donostia-San Sebastián 2 min de lectura

Trabajar en la Protectora de animales de Gipuzkoa es, según relatan sus empleados, una auténtica montaña rusa emocional. Entre las estancias interminables y los casos de maltrato y abandono, conviven también momentos de enorme alegría cuando una adopción pone un final feliz a la historia de un animal.

María Lasa, responsable de mantenimiento de la Protectora, reconoce que el trabajo es muy exigente a nivel psicológico y que la empatía es indispensable. "Es un trabajo muy gratificante, pero duele ver que hay animales que pueden estar aquí seis, siete u ocho años. O que quizás no salgan jamás. La impotencia que sentimos es inmensa", explica. Lasa considera injusto el estigma que sufren muchos perros de razas categorizadas como peligrosas: "No se les da la oportunidad que merecen por las etiquetas negativas que hay sobre ellos".

En los casos de maltrato, según Lasa, resulta complicado que los tutores reaccionen. "Cuando nos llegan denuncias por maltrato, es habitual que el tutor se desentienda por completo del estado del animal", señala, y añade que en ocasiones los responsables del refugio reciben insultos y se presencian situaciones muy duras.

La labor diaria consiste en ofrecer a los animales el cariño, el cuidado y la protección que no recibieron antes. Sin embargo, Lasa admite que a veces sienten que nunca es suficiente, sobre todo cuando llegan animales muy enfermos, muy deteriorados o de edad muy avanzada. "Sacrificarlos es la única vía, y es desgarrador", afirma. También destaca la otra cara: perros y gatos que llegan aterrorizados y cambian de actitud en apenas una semana. "Les enseñamos que las personas podemos ser buenas".

Despedirse de los animales genera sentimientos encontrados. Lasa, que lleva cinco años en el refugio, recuerda con emoción a Zeus, que pasó ocho años allí, y explica que los tutores les envían fotos de los perros adoptados. Ella misma adoptó a Amona, una American Stanford de 13 años, y a Kenai, también American Stanford, de ocho, que es sordo.

Ainara López, administrativa desde hace un año, subraya la importancia de desconectar. "Es inevitable llevarte la tristeza a casa, pero con el tiempo aprendes a desconectar un poco más". Sobre los gatos, López asegura que son especialmente sensibles: "Gatos que llevaban en su hogar cinco o seis años, enseguida enferman al llegar aquí. Mueren de pena". Además, lamenta que la carga de trabajo impida dedicar a los animales todo el tiempo que les gustaría.

Información elaborada a partir de Noticias de Gipuzkoa.

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